Manuel

Nacimiento de Manuel, en casa, 7 de junio de 2015 Bien entrada la semana 41 y yo era la única tranquila. A mi alrededor todo era… “novedades?”, “es un embarazo de elefante!”, “hasta cuándo vas a esperar?”. Y… hasta que Manu quiera. Ya va a venir… Sábado a la tarde, hablo con Ale y me dice que están yendo a un parto. Yo tenía contracciones, pero muy espaciadas y sin un ritmo constante, pero mucho más fuertes de lo que habían sido hasta ahora. Todo el día así, entre 2 y 5 por hora. Llega la noche, hora de cenar, y empezaron a venir cada media hora. Pocas, pero empezaban a ser rítmicas y dolorosas. A eso de la 1.30am, Felipe, mi hijo de 5 años, seguía despierto, pilas, y yo no daba más. Así que lo llevé a mi cama, donde sé que se duerme más rápido, y me quedé con él hasta que se durmió. Seba estaba en el living. Fui para allá y me senté en la pelota, porque me calmaba mucho. Nos miramos, le cuento que las últimas habían sido cada diez minutos, me sonrió, me abrazó, y empezó a pasarlas conmigo. Sabíamos que Manu estaba llegando… Dejé de contar las contracciones y empezó a hacerlo él. Yo me dediqué a sentirlas, atravesarlas, respirarlas. Y le pedí que no me dijera cada cuánto venían, porque me generaba mucha ansiedad. Lo dejé en sus manos. En un momento quería ir al baño, y me costó mucho subir los cinco escalones. Ahí Seba me dijo “te acompaño al baño y la llamo a Ale”. Hablaron, escuché que Seba se reía, y ella le pidió que cuando saliera del baño la llamara yo. Así que eso hice. “¡Empezó el show!”, le dije… Me preguntó qué sentía en las contracciones, le conté, y me dijo “en un ratito vamos para allá”. La llamamos a mi mamá para que vaya viniendo así se lo llevaba a Feli. Eran las 3am y nos daba lástima despertarlo para meterlo en un taxi. Así que le pedimos a mi mamá que se quede en la cama con él y que “íbamos viendo”. Dos cosas yo tenía súper claras: que no quería que Feli estuviera en casa durante el nacimiento y que quería usar la pileta de parto que me habían prestado las parteras, con la ilusión de poder parir en el agua. La pileta ni siquiera quise inflarla. Y Felipe nunca se fue. Sinceramente lo único que quería era que Seba no se moviera de al lado mío, por lo menos hasta que llegara Ale. A esa altura yo estaba acostada en el sillón, porque no aguantaba estar sentada, era doloroso y me daba impresión… sentía a Manu muy abajo! Sentía que lo podía aplastar si me sentaba! Pero parada me faltaba el aire. En cada contracción sentía que me ahogaba, así que le pedí a Seba que abriera las ventanas. Una delicia para ese momento, el hecho de que un 7 de junio hiciera más de 20 grados. Llegaron Ale y Carlos, y la verdad es que sentí mucho alivio al verlos entrar. ¡Me sorprendió la cantidad de cosas que trajeron! Enseguida se pusieron a organizar sus cosas, pero de una manera casi imperceptible. Carlos se fue a la habitación de Felipe a leer un libro y a dormir un rato. Venían de un parto de casi dos días!. Ale se quedó conmigo, me alentó a salir del sillón y probar otras posturas para calmar el dolor, y estando parada me hacía masajes en el sacro con aceite de lavanda, algo que me aliviaba muchísimo. Incluso sentir ese aroma a lavanda me aliviaba… Yo pensé que ni bien llegaran iban a hacer un tacto para saber cómo estaba la situación. Por un lado sentía curiosidad, pero por otro la verdad es que no me imaginaba con tanto dolor y contracciones tan seguidas pasar por eso. Moría de sólo pensar que alguien podía acercar remotamente un dedo! Pero jamás siquiera me lo sugirieron. Sólo me preguntaba Ale qué sentía en la contracción, si tenía ganas de hacer fuerza, y dos o tres veces escuchó el corazón de Manu, algo que sí disfrutaba, porque me conectaba más aún con él… Sus únicas “intervenciones” eran los masajes! jaja. En algún momento llegó Coti… Tan dulce, ella! Me presionaba la cadera y era un alivio increíble para el dolor que ya se me estaba haciendo insoportable. También me abanicaba, y eso me ayudaba mucho para recuperar el aire. En un momento miro la hora y ya eran las 7am. ¡No podía creer que ya hacía tres horas que estábamos todos ahí! Había perdido la noción del tiempo, del espacio, de todo! Estaba en una especie de nube, como drogada, agotada… una especie de mundo paralelo! Sólo me faltaba babear! jajaja. No podía estar más tiempo parada y me trajeron el banquito de parto. Y ahí me quedé. No volví a salir de ese metro cuadrado. Sentada en el banquito, apoyada contra el mueble de la tele, encontré el lugar. Por alguna razón, tenía la necesidad de volcar todo mi peso sobre el lado izquierdo, y el derecho (donde Manu había pasado todo el embarazo) quedaba en el aire. Traté varias veces de enderezarme para poder apoyar los dos pies firmes en el piso, hacer tierra y llevar para abajo la fuerza, pero mi cuerpo me pedía inclinarme otra vez. Yo estaba en tal estado que las chicas por momentos me hablaban y yo no escuchaba lo que me decían. Las veía mover los labios, pero no escuchaba el sonido de sus voces… Estaba en una especie de “zona sorda”! jaja. A esa altura hacía rato que tenía una contracción por minuto, y eran largas, con lo cual casi no había tiempo entre una y otra. Y sin embargo en esos pocos segundos sin dolor, me quedaba dormida. Me despertaba cabeceando, sintiendo que había dormido un rato, y sólo habían pasado segundos… Seba, que es súper impresionable, todavía iba y venía de a ratos. Después supe que le impresionaban algunos olores, algunas manchitas… y Ale y Coti estaban sentadas en el piso adelante mío tomando mate, con una calma que me calmaba. No sé cuánto tiempo pasó, y en un momento Ale me dijo que si tenía ganas de hacer fuerza que no aguantara y lo hiciera, y le contesté que hacía un rato ya que estaba sintiendo esa fuerza. Ahí Seba se instaló atrás mío y no se fue más. Me ayudaba a respirar, a direccionar la fuerza y me decía cosas hermosas. Sentir su cuerpo atrás mío, como me agarraba con fuerza y seguridad, me dio mucha fuerza a mí. Me sentía muy protegida. En ningún momento me transmitió sus nervios. Estaba ahí para mí. En un momento me acuerdo que le dije a Ale “necesito que nazca ya, o poner todo en pausa un rato y descansar… necesito saber cuánto falta!”… “Ya estamos”, me decía… “Ahora es sólo cuestión de tomar la decisión y traerlo”, me dijo Coti. Cada vez que la contracción se iba Ale me decía “descansá y esperemos la próxima.” Así una y otra vez, a tal punto que yo ya no les creía que realmente Manu estaba ahí! Sentía demasiado dolor y agotamiento y se me estaba haciendo eterno… y a esa altura yo pensaba que ellas me decían que faltaba poco para que no me pusiera ansiosa, y no porque de verdad era así… Pero de pronto pasó algo muy fuerte para mí y a la vez decisivo… En un momento Ale le hizo un comentario a Coti. Yo, que no escuchaba ni registraba lo que estaba pasando a mi alrededor, lo escuché. Y yo sé por qué… Cinco años atrás, en el parto de Felipe, estando en la sala de partos y en medio de los pujos, en un momento todos empezaron a hacerme preguntas tales como “alguna vez te operaron?”, “tuviste HPV?”, y todas cosas así, esperando que yo les dijera qué era ese “pliegue” que estaba trabando la cabeza de Feli y no lo dejaba salir.

Y de hecho esa fue la explicación/excusa que me dieron para decirme por qué había sido todo tan largo y por qué Feli había nacido cansado, casi sin respirar, sin llorar, lo que lo separó de mí sus primeras 48hs, porque tuvo que estar en neo... Eso. No la catarata de intervenciones innecesarias que había recibido, sino ese “pliegue” que nunca supieron o quisieron explicar. Y fue por eso que hubo algo en ese comentario de Ale que me encendió la alarma y me trajo a la tierra por unos segundos, y entonces le pregunté qué era lo que le había dicho a Coti. Y me confirmó lo que yo pensaba. Estaba hablando de lo mismo. ¿La diferencia? No me hizo preguntas. Me dio respuestas. Me explicó qué era, cómo se llamaba y que me quede tranquila porque si bien eso estaba trabando la cabecita, ella iba a sostener ese “borde” con un dedo para hacer espacio. Y esa confianza que ella tuvo en mí, en que yo realmente necesitaba saber, y el respeto de contarme sin vueltas lo que estaba pasando, en un momento en el que seguramente cualquier otra persona sólo me hubiese dicho “tranquila, está todo bien” para no preocuparme, me dio una paz y una confianza plena en ella (y no es que hasta ese momento no la tuviera!) que me entregué por completo a sus palabras, su mirada y al momento todo. Inmediatamente empecé a sentir un ardor como fuego. Algo que había leído en todos los relatos como “el momento cúlmine”. Y eso me dio una fuerza tremenda porque supe que ahora sí ya salía. Las chicas quisieron poner un espejo para que yo pudiera ver, pero me negué. Y eso quizás es lo único de lo que me arrepiento. Pero la verdad es que en ese momento sentí que aunque estuviese el espejo ahí, no iba a poder mirarlo, tal era mi concentración en traer a Manu. Ya prácticamente no podía tener los ojos abiertos! A partir de ahí tengo un blanco, como de haber entrado en un estado de shock, y sólo me quedan recuerdos borrosos, como fotos… Estaba mucho más “ida” que antes, y sólo tenía algún que otro rapto de lucidez entre contracciones… Puedo recordar lo difícil que era sostener el pujo. Recuerdo también ver que el pantalón de Ale, clarito, tenía una manchita de sangre, y pensar “pobre… se le manchó!” jaja. Recuerdo sentir que me iba a hacer caca, sin darme cuenta de que era la cabeza saliendo… Pero de pronto algo me sacó de ese shock: estalló literalmente la bolsa que seguía intacta hasta ese momento, mojando a las chicas que estaban tiradas en el piso abajo mío. Después, el alivio más grande de mi vida, y un bebote enoooorrrrme subiendo de abajo mío hacia mis brazos, resbaloso, hermoso, con ruiditos, quejiditos y a continuación un alarido hermoso que se transformó en un llanto que duró muchísimo. Todo lo que no pudo o no dejaron llorar a Felipe, lo lloró Manuel. ¡Y Seba tampoco podía parar de llorar! ¡Qué fuerte todo! Yo temblaba como una hoja, incontrolable, y así estuve muchísimo tiempo. Tengo el recuerdo del cordón, todavía unido a la placenta, que me hacía cosquillas, cada vez que lo movía a Manu un poquito. Cuando dejó de latir, ¡Seba se animó a cortarlo! Hermoso… 8.46am. En cuanto nos calmamos un poco, Manu se prendió a la teta, y Ale y Coti se abrazaron festejando el nacimiento, algo que nunca voy a olvidar. Poco tiempo después salió la placenta. Me impresionó el tamaño, porque me la imaginaba más chica… Me dieron unos puntos por un desgarro, y enseguida llegó el otro gran momento de emoción… Recién cuando me estaban terminando de coser, se despertó Felipe. Las chicas se apuraron a “preparar el escenario” y Seba lo trajo a conocer a su hermanito, que había nacido mientras él dormía. “Pensé que estaba llorando un gatito!”, dijo… Nunca me voy a olvidar de esa carita. Tardó en tocarlo, tardó en hablarle, pero no tardó en traerle cuentos y juguetes para mostrarle, ofrendas... Coti le preguntó si la ayudaba a pesarlo, y él por supuesto aceptó, orgulloso. ¡Pesaba 4.360kg! Mi mamá, que se bancó todo encerrada en el cuarto escuchando mis gritos pero pudo ver, emocionada y aliviada, el momento exacto en el que Manu fue a mis brazos, sirvió para todos un desayuno con torta, frutas y empanadas. No eran perdices, pero comimos felices. Varias horas después, Ale se sentó conmigo en la cama antes de irse, y me contó con detalles, como si se hubiera dado cuenta de mi shock al momento del nacimiento, cómo fue que Manu salió a este lado del mundo. Primero su cabeza, y cuatro pujos después, acomodando solito los hombros y girando hacia la derecha, el resto del cuerpito. No sé cuánto tardé en bajar de ese estado de adrenalina. Creo que sólo el cansancio acumulado un par de días después, hizo que empiece a sentirme más humana, menos animal… Y arrancó un puerperio alegre y lleno de energía, bien distinto a lo que ya conocía. Y un párrafo aparte para Carlos. Si bien la relación con él siempre fue distinta a la que tuve con las chicas, con las que me reunía una vez por semana, a las que conocía a la perfección y ellas a mí, con las que existía ya una complicidad que dio sus frutos en mi entrega, Carlos siempre fue para nosotros el de la palabra justa en el momento justo. La seguridad. Hubo tres cosas que nos dijo que marcaron todo el proceso y que nunca me voy a olvidar. En la primera consulta, a la que fuimos sin saber qué queríamos y con muchos miedos con respecto al parto en casa, dispuestos a llenarlo de preguntas, para nuestra sorpresa, las casi dos horas que estuvimos con él, las pasamos hablando del parto de Felipe. Y él se encargó, por primera vez en cinco años, de esclarecer qué es lo que había pasado y cómo todo fue producto de las intervenciones y no de la “mala suerte”, como nosotros creíamos o nos habían hecho creer. Y el primer gran miedo quedó despejado: “lo que te pasó no puede pasarte en tu casa, en ese marco de cuidado y respeto.” Ese mismo día, en esa misma consulta, nos dijo también que era una decisión “reversible”. Que incluso en medio del trabajo de parto podíamos arrepentirnos e irnos todos juntos a un sanatorio, y que ellos respetaban eso también. Salimos ese día del consultorio, casi sin haber hecho preguntas, pero sin miedos y con la certeza de que Manu iba a nacer en casa. Sólo hablar ese rato con él fue suficiente… Y lo último fue lo que me dijo en la despedida, cuando vino a verme dos días después del parto, recordando cómo había sido todo, y me habló del gran compromiso que vio en mí, habiendo hecho todo el trabajo que hice los meses previos y que sin dudas eso hizo que mi parto haya sido tan lindo como fue. Y la verdad es que fue un reconocimiento que le agradezco y que fue muy importante para mí. No se me ocurre un mejor equipo para acompañar semejante momento. Cada uno desde su lugar, desde su personalidad y con su sabiduría, hicieron que un domingo a la mañana nuestra casa se llenara de magia y amor. Una experiencia realmente inolvidable.